“La verdadera belleza no nace de la perfección, sino de la coherencia”, dice mi amiga Nur. Esta sencilla frase me ha inspirado profundamente.
La etimología de coherencia nos dice que proviene del latín cohaerentia (co-conjuntamente, la raíz del verbo haerere-estar unido o pegado) designando la cualidad de lo que presenta una conexión o relación interna y global de sus distintas partes entre sí. Si nos vamos más atrás, a la raíz indoeuropea ghais, además de su significado de adherir, también implica dudar o hacer dudar.
De esta manera, la coherencia es aquello que nos une, nos vincula en su conjunto. Ese vínculo que es legado vital y memoria antigua, nos conecta a algo esencial que viene más allá del tiempo y el espacio. Podríamos decir que es genética quizás, pero sería como decir que la semilla es un grano. ¿De dónde surge la duda implícita en la etimología de coherencia?
La duda como semilla de la Arquitectura Vincular
Para que las diferentes partes de un sistema se vinculen de forma orgánica, primero necesita una detención. Este aquietamiento, interpretado como duda, es el reconocimiento sincero de que la conexión aún no está en su punto óptimo, en su madurez. Podemos decir que es la conciencia deteniéndose para “observar”, calibrar las posibilidades del siguiente movimiento tendiendo a la integridad del conjunto.
Desde una mirada regenerativa y biocéntrica, la Naturaleza es nuestra mayor maestra. En Ella la duda no se manifiesta como una angustia psicológica, una parálisis mental o un estado de incertidumbre; es el ecosistema entero entrando en la latencia del umbral biológico y energético de la transformación.
En botánica existe un fenómeno fascinante llamado diapausa o latencia de la semilla. Es el momento en el que la semilla cae al suelo y no germina de inmediato. Para arraigarse al territorio necesita entrar en coherencia con el entorno, evaluando la humedad, la luz y la temperatura. Esta pausa sostenida es el pulso del ritmo de la vida.
En zoología, una rama de la biología, la oruga teje un capullo sobre sí misma; durante su metamorfosis, todos sus tejidos se autodestruyen disolviéndose en una sustancia líquida sin forma aparente. Antes de que las células especializadas logren organizar el nuevo cuerpo de la mariposa, existe un vacío estructural prolongado en el que la forma anterior ha muerto y la nueva aún no existe. Esta vulnerabilidad extrema es el paso ineludible para que emerja una coherencia alada en el nuevo entorno aéreo.
En meteorología, cuando las condiciones térmicas del lugar se estabilizan al alba, la humedad del aire queda retenida hasta que ya no puede sostener más vapor de agua. En ese instante justo antes de que se precipite en el rocío, la atmósfera entera queda suspendida, flotando sobre el suelo, reteniendo el aliento en un estado de coherencia absoluta para seguir con su proceso de manifestación hacia una nueva forma.
En todos estos procesos, la Vida no tiene prisa. Podemos decir que transita el vacío, el límite y el estado de vacilación, traducido como “duda” en lenguaje psicológico, como parte del proceso de transformación, ensamblando las partes.


La paradoja coherente
La misma palabra que nombra la solidez de una unión (coherencia), nombra también la quietud latente del proceso, como el preludio necesario para la integración genuina.
La Vida nos enseña a través de su diversidad extraordinaria que, para crear una forma nueva, un estado nuevo, un proyecto nuevo, un camino diferente, primero hay que sostener el vacío creador.
El pensamiento cartesiano y la misma evolución del pensamiento humano, ha necesitado desmenuzar todas las partes para intentar entender qué es la Vida y el Vivir. El problema surge cuando en esa inmersión perdemos la visión global, olvidamos el origen de lo que nos ocupa y creemos que la realidad son las partes.
No existen partes sin el todo y a la inversa. Todo se gesta en un proceso continuo de transformación donde movimiento y quietud danzan la magia de la creación.
La duda, desde esta mirada biocéntrica, es entonces el proceso necesario donde habita el siguiente paso, en un ciclo eterno de belleza y gozo renovado.
Esto es lo que la frase de mi amiga me ha inspirado. Gracias querida Nur.
