Mujeres y Agua surge del encuentro de una profunda nostalgia y el silencioso canto de un paisaje casi olvidado entre malezas, caminos poco transitados y una aldea pequeña de la Tierra de Adentro. ¿Cómo sucedió?
Un paseo inesperado, casi ansiado, para recobrar la energía de un mundo deshabitado y vacío que se caía a pedazos en la piel y las entrañas.
El camino era estrecho, de bosque fresco y sombrío, brisa suave, lejos del pesado calor de un verano demasiado apresurado. El sonido del agua, cercano a mi derecha, acompañaba el sendero. A mi izquierda paredes de roca agujereada por concavidades naturales que evocaban ser el refugio de seres mágicos del bosque.
El sendero serpenteaba siguiendo la corriente el río. ¿Por qué será que los ríos se contonean en su danza hacia el mar? – pregunté. La Danza de la Vida es cadenciosa – me dijeron-, tiene curvas sinuosas donde el agua juega en remolinos y cascadas que se cruzan y entrecruzan en la corriente continua.
La voz era de Ellas; resonaba en mí. No las podía ver ni escuchar con las orejas, pero sí con el corazón y el oído interno. Estaban cerca.
En esos lugares de paisajes de ensueño, siempre hay magia; magia de la que sólo puede verse con los ojos del alma y los sentidos del sentir.
Estaba recorriendo el sendero que rodeaba el río y todo empezó a cambiar en mi interior. El Agua del río tiene esto: transforma. La piel se tersa reconociendo las humedades, los rostros se sonrojan gozosos de su sentir sin pretensiones; el cuerpo entero se regocija y los pies se desnudan para juguetear con el agua fría que corre sin freno y solo se detiene cuando suspiramos de un amor inmenso que nos inunda el instante presente.
No hay un otro. Sólo hay un nosotros.
No hay nombres. Sólo hay verbos sonoros, saltarines, vibrantes, que culminan en una alegría peculiar, reconocible por un recuerdo ancestral que sigue vibrando en todas y cada una de las células que nos componen.
Es el Agua y su sonido constante, armónico, que todo lo mece. Pero no está sola. Todo lo que la rodea: los helechos, las algas, las piedras lisas erosionadas por su caricia constante y penetrante, … todo está delicadamente cuidado. Es un jardín de Paz y Amor auténtico, natural, sin pretensiones. ¿Qué manos pueden hacer semejante artesanía? ¿Qué seres son los que cuidan con primor estos espacios sacros, bendecidos, especiales, únicos?
Son las Mujeres de Agua, las guardianas de pozas, ríos, riachuelos, fuentes, cascadas y lagunas de agua dulce. Ellas son las que hacen de estos lugares escondidos, espacios de sosiego, alegría y gozo. Nadie las ve porque saben esconderse bien de las miradas ajenas. Habitan las cuevas y los rincones rocosos cercanos a los ríos.
De día, mientras el Sol acaricia el paisaje, ellas descansan en lechos de hierba fresca, de algas esponjosas y manto de hiedra. De noche, cuando el astro Rey cede su lugar a la Princesa Nocturna, la Luna, ellas salen silenciosas, pisando suave con sus pies la tierra que las sostiene. Andan descalzas y su andar es como una danza de levedad. Aquellas personas que han podido verlas, lo saben bien. Son danzarinas de naturaleza. Sus gestos y ademanes son pura sinfonía.
Durante la noche, cuando los seres diurnos duermen y se entregan al sueño reparador, ellas cuidan de sus lugares con oraciones cantadas, bendiciones sonoras que susurran al viento y loan a la Madre Tierra y al Padre Sol.
Son seres hermosos, de largas caballeras que acarician el suelo a su paso. Visten con suaves telas tejidas de hilos de arañas, de burbujas de agua, y perlas de viento y brisa que cubren cuidadosamente sus cuerpos gráciles. Se adornan el pelo con coronas de hiedra, y se perfuman con las fragancias de las flores que cultivan en su hermoso jardín.



Sí. Las Mujeres de Agua son las guardianas de estos lugares que son santuarios de Vida. Ellas colocan las piedras del rio haciendo caminos para que el Agua corra sin atropellos. Ellas cantan al Agua para purificarla y que quien la beba o se bañe en ella, reciba sus bendiciones.
Ellas lo saben. Saben que el Agua es la Fuente de la Vida, es el medio donde la Vida se da, donde todo se gesta y todo nace, donde todo se transforma; donde todo Es sin más.
Conocen bien la Noche y sus sombras. Saben de los seres que La habitan y de sus torpezas; las conocen bien. Nunca juzgan porque Ellas no conocen el juicio, pero sí saben de Honor. Tienen un código que no puede ser transgredido: son anónimas y nadie nunca jamás, puede descubrirlas, sin perderlas para siempre. Saben que la Gran Madre es Generosidad y por eso ellas son generosas, muy generosas con quienes se acercan a su saber ancestral, profundo, sereno y silencioso.
Conocen al ser humano y sus disputas. Reconocen su ruido y sus canciones. Saben que a veces, algunos de ellos pueden vibrar en su misma sintonía y se han dado ocasiones en que ha surgido el amor verdadero entre Mujeres de Agua y Hombres de Tierra. Hay historias antiguas que cuentan sus encuentros. Algunas hablan de hijos e hijas comunes; otras explican como desaparecen sin más cuando se rompe el pacto del anonimato. También hay historias donde otras mujeres de tierra, fuego o aire, han colaborado con ellas en ciertas hazañas.
Cuentan que una vez, una Mujer de Agua tenía que dar a Luz y había dificultades en su parto. Llegada la noche, fueron a buscar a la comadrona del pueblo. Ella las ayudó y a cambio recibió un presente como muestra de su gratitud: un gran saco lleno de algo que no se podía desvelar hasta que la comadrona no llegara a su casa y el Sol despuntara el día iluminando el saco. Si no tenía la paciencia necesaria, el contenido del saco desaparecería. La comadrona accedió.
Durante el camino de regreso a su hogar, la comadrona empezó a dudar de lo que había dentro: ¿qué será? ¿pesa muy poco? ¿será una broma? La duda empezó a afianzarse en su interior, y a mitad del camino abrió el sacó. En su interior encontró un montón de espigas de trigo dorado. La comadrona se enfadó; pensó que efectivamente le habían tomado el pelo. Tiró el sacó y siguió malhumorada camino a su hogar. Al día siguiente, cuando el Sol despuntaba, sacudió su delantal y de él cayó una pepita de oro. Era una espiga de trigo que se había convertido en oro. Se había quedado en un repliegue de su delantal escondida.
La comadrona entendió lo que había ocurrido. Corrió a buscar el saco, pero ya no había nada. Sus dudas la traicionaron.
Las Mujeres de Agua no son buenas ni malas. Ellas son como el Agua, no retroceden, se adaptan a las corrientes encontrando la manera de seguir su camino, ocupan su lugar para avanzar, fluyen con la Vida; solo se detienen cuando los obstáculos del camino las atrapan, pero aun teniendo todo en su contra, siempre encuentran una rendija, un hueco, un pequeño orificio para seguir su paso.
Están en todas las fuentes, pozas, cascadas, saltos de agua de toda la Tierra. No conocen las fronteras. Son Mujeres de Agua. No se dejan atrapar. Cuando hay peligro inminente se transforman en nubes, vapor de agua, lluvia, rocío… Siguen su camino sin fin conocido. Son Agua Dulce, son Mujeres Humanas. Son guardianas de la Vida.
