En estas tierras gallegas estoy encontrándome cada día un poquito más. Voy descubriendo grietas antiguas, surcos, aguas inmensas, nieblas, atardeceres, cenas con amigos, la lengua gallega, sus tonalidades, sus quiebros … Me encanta. No puedo decir otra cosa. Por más que busque una palabra que pueda describir lo que siento, sinceramente sólo puedo decir que me encanta.
He viajado sola en alguna otra ocasión, conociendo otras formas de hacer, de sentir, de vivir, pero esta vez hay algo distinto. Este viaje me transporta a un recóndito lugar de mí cueva interior; uno que aún no había explorado en profundidad.
Se trata de una estrecha rendija casi imperceptible entre las rocas, donde sólo quepo yo. Me encuentro con un paisaje que ya he soñado antes: aguas subterráneas cristalinas, frías, transparentes, multicolores, juguetonas, serpenteantes, silenciosas, placenteras, salvajes, libres; el cielo es de piedra antigua, eterna, húmeda.
¿Qué es ese sentir salvaje donde me reconozco?

Ayer, en las frías aguas del río Avia, en el Ribeiro galego, alguien del entorno amigo puso palabras a mi secreto olvidado: Tengo miedo. Aun no sé exactamente a qué.
Es un miedo primigenio, de parto, de conjuro, de fuego y agua, de risa y de llanto; un miedo que no se traduce en palabras ni en nada que no conozca.
Tengo miedo a tener miedo. Puede que sea eso nada más.
Miedo a andar por el mundo y que éste me devuelva un bofetón. Me asusta esa naturalidad sintética con la que se viven las guerras programadas que matan y asesinan a seres humanos, animales, plantas, vida que respira y comparte su vivir. Me estremecen las amenazas que castigan y torturan las diferentes maneras de pensar, sentir y hacer, sólo porque alguien decidió que sólo hay una forma válida de ser. Me congela el miedo a sentirme desprotegida, a estar a expensas de la maldad que existe como contrapunto a esta sinfonía armónica que habita los corazones de la gente de Bien.
No quiero temer a mi miedo oculto, me digo a mí misma atrapada por el susto de temer.
Respiro y decido amarlo; porque la vida me ha enseñado que cuando alguien rezuma odio y venganza, sólo tiene dos opciones ante el corazón tranquilo: irse y seguir con su sintonía macabra, o dejar que su corazón se meza en la mirada del otro. Esto es lo que me ha enseña la Vida.
También sé que todo el miedo de mi mundo es fruto de un sueño, quizás una pesadilla nada más. Y en la medida que la cuento, se va disolviendo. Eso es lo bueno que tiene el contar: puede curar.

Cuando miro desde la altura del águila surfeando las corrientes de aire, puedo reconocer de dónde vienen las elecciones que marcan las atrocidades que el ser humano puede llegar a hacer. En algún momento, decidimos en cuerpo y en alma ir de espaldas a la Vida o de cara a Ella. Eso lo marca todo; no como bien o mal, sino como contrapunto de lo que puede ser.
La Gran Noticia es que Somos Libres y Siempre lo fuimos.
La libertad es un estado natural del ser humano. Se nos olvida al nacer para poder ser lo que nos dicen que somos, pero cuando el recuerdo (recordare, volver a pasar por el corazón) se revela, ya no hay vuelta atrás.
Y con estas, el susto se me pasó. Se fue a bañarse al río Avia y allí, entre el sol caliente, el agua helada, las piedras, el cielo azul, la gente hermosa y todo lo demás, se fueron disolviendo los fríos inviernos que aun anidaban mi corazón.
Ahora que ya los conté. Ya no me pertenecen. Se los llevó el contar contando.
Seguimos en la próxima hebra de este trama del vivirme. Hasta entonces, disfruta de verdad. No lo dejes para otro momento.