Biodanza

Cuentos sanadores: La semilla fértil

Había una vez una semilla que había caído en tierra de Nadie.  Los días se sucedían uno tras otro y nada nuevo ocurría. El Sol aparecía en el horizonte y todo brillaba con intensidad; después volvía a esconderse y la Luna despuntaba allà en lo alto reluciente a veces, otras invisible. Parecía que jugaban entre ellas. Al principio le pareció divertido pero cada día sucedía la misma historia una y otra vez:  nunca se encontraban el Sol y la Luna.  La semilla empezó a preguntarse què hacia allí, en esa tierra de Nadie donde nada nuevo pasaba.

Un día apareció una hormiga y se la llevó. Semilla estaba contenta porque iba a conocer otros lugares, nuevos mundos. La hormiga anduvo mucho rato con la semilla a cuestas hasta que se sumergió en un profundo agujero bajo tierra.

¡Cuantos pasillos hay aquí dentro!, dijo la semilla maravillada. – No sabía que debajo de la tierra hubiera tantas cosas. Todas las hormigas andaban de un lugar a otro transportando cosas y almacenando todo lo que traían en su lugar correspondiente; todo estaba perfectamente organizado. Semilla estaba contenta con tanta actividad a su alrededor. ¡Había tantas cosas que mirar!

Los días fueron pasando y semilla empezó a aburrirse de nuevo. Le dejaron de interesar las actividades de las hormigas, sus quehaceres, sus juegos. Cada día le parecía igual, hasta que vinieron las lluvias. El hogar subterráneo de las hormigas empezó a inundarse con tanta lluvia que caía del cielo, y decidieron que debían guardar su comida en otro lugar seguro, donde el agua no estropeara su comida. Las hormigas se movilizaron rápidamente transportandolo toda su comida a una colonia amiga que vivía en un gran árbol.

El árbol donde vivía la colonia amiga de hormigas era un gran roble de muchos, muchos, muchos años. Era un árbol savio donde habitaban muchos seres en perfecta comunión: había lechuzas que cantaban en la noche y pàjaros saltarines que de día jugaban entre sus ramas; una familia de ardillas y una gran colonia de hongos y setas que anidaban en su hermoso y frondoso tronco; también vivían en él un par de enanitas que tenían su pequeña casita en la parte norte del tronco, allí donde crecía la hiedra y no dejaba ver la diminuta puerta de entrada a su hogar; en una de las largas ramas del roble vivía también una pequeña ciudad de hadas y elfos que cuidaban del bosque; una tortuga que se escondía entre la tierra y las grandes raíces que sobresalían del gran roble sabio; y ¡cómo no! la gran colonia de hormigas amigas que iban a dar cabida a sus hermanas-vecinas y a su comida, hasta que la lluvia cesara y la tierra estuviera firme para construirse un nuevo hogar.

La semilla se había quedado sin habla al ver aquel hermoso árbol donde tanta vida habitaba. Me gustaría ser como este gran árbol,- dijo la semilla. Seguro que nunca se aburre- pensaba.

Una mañana que semilla estaba silenciosa pensando en lo aburrida que era su vida, el gran roble sabio le habló en un susurro que sólo ella podía escuchar, y le dijo: Estás triste porque caíste en tierra de Nadie y no has podido germinar. – ¿Germinar?– dijo semilla. – – contestó el gran roble sabio- Brotar de tu interior hacia fueraHasta ahora sólo has mirado lo que hay fuera de tí y todo te acaba aburriendo. Debes brotar-le dijo. – ¿Cómo?- preguntó inquieta la semilla. El gran roble sabio, quedó pensando en silencio. Al cabo de un buen rato, le dijo: Todas las mañanas cuando sale el Sol, viene un colibrí a cantarle; después parte hacia otras tierras. Sólo tienes que decirle que te lleve allí donde tú quieras, y llegado el momento, el colibrí te soltará para que tu caigas en tierra fértil y puedas germinar. 

La semilla estaba asustada. ¿Cómo haría para subir a la rama más alta del árbol?- pensó. Yo no sé andar. No puedo hacerlo. Sólo soy una semilla. Estaba tan asustada que los días iban pasando y las lluvias se marcharon. La tierra estaba secándose y las hormigas empezaron a organizarse para construir la nueva casa y trasladar todas sus reservas de comida. Semilla tenía que decidirse: o subía a la rama o se quedaba bajo tierra con las hormigas. Por fin se decidió: ¡Voy a subir a la rama más alta y voy a decirle al colibrí que me lleve a tierra fértil para poder germinar!.

Se llenó de coraje y le dijo a una de las hormigas exploradoras si la podría llevar a la rama más alta para ver cómo salía el Sol antes de que volvieran a sumergirse en las entrañas de la tierra. La hormiga exploradora accedió de buen grado pues era exploradora y le gustaba andar de aquí para allá, así que a la mañana siguiente, cogió a la semilla y la dejó en la rama más alta justo antes de salir el Sol.

Al poco rato se acercó un hermoso colibrí volando que se paró en la misma rama donde estaba la semilla. El Sol empezó a despuntar allá a lo lejos y el colibrí entonó las primeras notas de su canción. Cada vez cantaba más fuerte y el Sol salía cada vez más hasta que lo iluminó todo con su esplendor. Entonces, el colibrí se dispuso a alzar el vuelo, cuando la semilla le preguntó alto y fuerte: ¿Podrías llevarme contigo hasta tierra fértil para  poder germinar?. El colibrí no lo dudó un instante; cogió delicadamente a la semilla entre su pico y voló. Voló y voló. La semilla miraba todo desde la altura. ¡Qué hermoso era!. Al rato, cerró los ojos; quería sentir en su interior la llamada de la tierra que la haría germinar. Dudó un instante pero las palabras del gran roble sabio volvieron a resonar en su interior :”llegado el momento, el colibrí te soltará para que tu caigas en tierra fértil y puedas germinar”. Semilla dijo alto y fuerte al colibrí : ¡Estoy preparada!. 

El colibrí soltó la semilla que cayó en tierra fértil. Allí germinó, se enraizó a la tierra con firmeza y surgieron los primeros brotes de su interior. Luna a luna, Sol a Sol, sus brotes fueron creciendo y convirtiéndose en un robusto tronco. De sus ramas surgieron hojas en las que anidaron pájaros.  Cada año crecía más y más. La Luna y el Sol jugaban cada día al mismo juego de siempre, pero nunca más le pareció aburrido. La semilla se había convertido en un gran manzano donde habitaban muchos seres del bosque y sus frutos eran apreciados por todo aquel que sabía apreciarlos.

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